Conectando…

Me podía haber inundado un sentimiento de lástima hacia el caballo al contarme la historia que él llevaba encima. Sin embargo, fui consciente que esa actitud no iba a ayudar ni al caballo ni a mí a superar el trauma. Sabía que lo único que él estaba pidiendo es que llegara alguien y humildemente le escuchara; dejaran de juzgar su actitud, dejaran de intentar imponerle reglas de humanos desconectados de su ser más profundo.

No es un caballo, es un tigre“, decían aquellos que vieron en él una bestia a la que doblegar, y no un ser capaz de expresarse, de sentir, de tomar sus propias decisiones. Un caballo muy seguro de sí mismo y con las cosas claras; un individuo sobre el que recaía en su pasado la responsabilidad de proteger a su familia, pues de él dependía la seguridad de todos los miembros. En él corre sangre de guerrero; preferirá la muerte antes que la sumisión (un estado de indefensión la considero una muerte en vida).

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Tal era el pánico que invadía su cuerpo que era incapaz ni siquiera de comer en presencia de humanos.

Al dar a conocer el caso en las redes, más de uno vio en él un reto para agrandar su ego y conseguir los aplausos de aquellos que esperan ser entretenidos por la lucha entre humano y fiera. A pocos les importaba lo que él tenía que decir, lo que estaba pidiendo a gritos, lo que realmente necesitaba. En ese momento solo era una oportunidad para conseguir fama; no veían la posibilidad de aprender de él, de verlo como un maestro.

Sentí que lo mejor que uno podía hacer para decirle que no todos los humanos eramos iguales, para que pudiera empezar a aceptarnos (tendría que aprender a vivir entre nosotros), era acercarme a él hasta donde me indicara. En ningún momento sentí la necesidad de marcarme unos tiempos, ni de querer conseguir una meta. Simplemente el hecho de que él me admitiera en su espacio ya era todo un avance. Los humanos le habíamos dicho que debía luchar por aquello que más anhelaba: su vida, su libertad, algo que le habíamos arrebatado.

Tampoco sentí que lo que hacía era tiempo perdido, para mí el solo hecho de estar en su compañía ya era gratificante. En el fondo buscaba transmitirle que ya nadie volvería a privarlo de lo que siempre había sido suyo: la libertad.

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Pasaron muchos instantes presentes para que se relajara y se empezara a interesar por el heno.

Con el tiempo ha ido comprendiendo que ciertos humanos sí escuchan, que ya no buscan poseer su cuerpo sino solo compartir experiencias juntos, que cuando estos individuos empiezan a escucharse a sí mismos dejando de lado juicios y orgullos, pueden llegar a ser seres interesantes con los que vivir momentos únicos.

Daniela Cerquetti

Fotos y ubicación: Santuario Winston de ayuda a caballos maltratados y/o abandonados. (Ávila – España)

 

 


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